Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

El bien y el mal en Cataluña

Oriol Junqueras pedía que el bien derrote al mal el próximo 21-D en una perversión de los términos que revela la enfermedad incurable del procés

La cabeza de Medusa, de Rubens y Snyders.
La cabeza de Medusa, de Rubens y Snyders.

Si no existe Dios, decía Dostoievski, todo vale. Si no existe Dios, el bien, el mal, la moral se convierte en opinión: todos podemos erigirnos en dioses particulares y justificar todos nuestros actos. Matar de un hachazo a la vieja usurera porque nos disgusta, porque molesta. Como a los judíos, a los tullidos, a los homosexuales, a los inválidos.

Un Tercer Reich sin esas ‘taras’ de la sociedad. Si no existe Dios, mi dios es la patria, el pueblo, una bandera, la estelada, y el resto es el mal, el demonio, un enemigo rojigualdo que hay que genocidar en la medida de lo posible, aunque sea culturalmente. Para tan noble fin, cualquier medio será válido, aunque nos resulte ignominioso, aunque a veces ni eso. Como arrogarte la potestad de convertir el canal público en un difusor de propaganda para tu causa.

En la Cataluña independentista, el Dios resucitado por Dostoievski que volvió a matar Nietzsche y los horrores del siglo XX en general, sigue bien muerto y tanto es así que raros son los trabajadores de esos medios públicos, tanto TV3 como Catalunya Ràdio, que se rebelan ante esa zafiedad propagandística (no como en RTVE). Lo cuenta muy bien Iñigo Domínguez en este reportaje.

El mal es tentador. El bien es aburrido. El mal es popular. El mal es viral. El mal se contagia. El mal le disputa los likes al bien. El mal se banaliza, el mal se confunde con el bien. Oriol Junqueras troca los términos y propone derrotar al mal en las elecciones del 21 de diciembre y a mí me gustaría pensar que —como a Rodión Románovich Raskólnikov en su presidio siberiano— las horas muertas en Estremera, con su ropa unificadora de preso raso, le devuelvan la lucidez. El mal ciega.

Un amigo catalán me decía que en su tierra sólo hay dos temas de conversación: el procés y el chemsex, prácticas sexuales que pueden durar hasta tres días gracias a una cóctel explosivo de drogas. En la comunidad gay va en aumento su práctica y el protocolo sugiere saltarse la profilaxis: el VIH, hepatitis y demás ETS levantan los brazos en señal de victoria. Los psiquiatras se frotan las manos. En Barcelona, el tema adquiere rango de problema de salud pública. Hay peli. Hablan de «fuegos artificiales en el alma». Y mientras, Espanya ens roba. El infierno son los otros.

LA RANA HERVIDA

Lo apolíneo necesita lo dionisíaco para ser y viceversa. Lo mismo que el bien y el mal. Es humano combinar vicio y virtud hasta que el trigo logra separarse de la cizaña. El problema surge cuando el mal, como un caballo de Troya, va colonizando poco a poco a una sociedad sin que nos demos cuenta. ¿Cuándo se empezó a joder todo? Con Jordi Pujol y su maquiavelismo.

«A mí sólo me importa Catalunya», me contó que le dijo un exalto cargo de un ayuntamiento catalán de la UCD y ahí acabó su relación política. El Avui paciència, demà independencia que analiza Francesc de Carreras en un libro casi homónimo. La hoja de ruta estaba clara desde el principio, pero requería astucia, cumplir con esa teoría de la rana hervida, a la que se cuece lentamente para que no pueda saltar, abotargada, cuando se da cuenta de que el agua quema más lo normal. Pero Puigdemont y Junqueras habrían pisado demasiado rápido el acelerador del procés, tirando la rana directamente al agua hirviendo y echándolo todo a perder. Su torpe ansiedad ha conseguido no sólo despertar sino enfurecer a ese león dormido, conocido por algunos como mayoría silenciosa, que no está dispuesto a que el mal se esparza sin remedio.

HIENAS

El mal no siempre se oculta. Basta ver ciertos rostros para darse cuenta quién es portador de esa dolencia quizá crónica: lo canta Battiato en Fisiognomica. A Guardiola se le ha puesto cara de malo. Jordi Cuixart tiene cara de malo, de Astérix malo que ve romanos donde hay molinos. De flipao, que diría Ignatius Farray. Puigdemont, igual. A Ada Colau se la he ido mutando el rostro en malvado y su ruptura con el PSC ilustra esa maldad.

El supremacismo, la superioridad moral, te pone un rictus pérfido y poco a poco los personajes de la serie El Procés se convierten en un dramatis personae cuya descripción psicológica sería más un maniqueísmo más de película de sobremesa que de un Shakespeare. Lo vi claro el otro día viendo el musical de El rey León con mi sobrina. Los leones se lamentan de cómo las hienas habían devastado la llanura y sembrado la miseria. Las hienas son necesarias para que los reyes de la selva velen por el equilibrio, ese orden humboldtiano en el que todo está conectado, y el bien brille gracias al mal. Pero las hienas son también la ruina y en este caso provocan la sintomática y reveladora fuga de empresas pero, sobre todo, la devastación social, la vuelta a la polarización tribal. Las dos cataluñas.

Pero el desgarrador grito de la rana lanzada en el agua escaldada despierta a los leones, por seguir con el símil infantil y zoológico, y buena parte de la sociedad asume por fin que no vivía en una película de Disney sino en un territorio de movimientos latentes hacia un fin determinado, en una estrategia diseñada en una pizarra, en un despacho, que es la receta perfecta para que todo salga mal. Ahora, esa otra Catalunya, quizá la más catalana, la más genuina, la que no ha renunciado al bien, tiene un ideal donde antes no lo tenía. No ser cómplice de las hienas. Resistir. Lo describe mejor que nadie la autora de El Sanatorio, Nuria Amat, en este artículo.

Lo dicen en Sospechosos habituales: «El mejor truco del diablo fue convencer al mundo de que no existía». Pero para ello hay que ser más sutil. O arramblar con todo sin medias tintas.

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