Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

En el Día de Navarra

A 465 años de la muerte de san Francisco Javier cabría preguntarse por cuánto sabemos de Navarra.

El Príncipe de Viana, en un retrato de José Moreno Cambronero (1881).
El Príncipe de Viana, en un retrato de José Moreno Cambronero (1881).

En el Día de Navarra me pregunto cuánto sé de Navarra y me apena responder que poco, demasiado poco. Esto ya me lo había preguntado antes, midiendo la profundidad de mi ignorancia como quien tira una moneda a una sima, y ante el silencio prolongado empecé a leer. Algo. A salto de mata. La tribu navarra, de José Antonio Jáuregui, donde se compendian aquellos elementos comunes que cohesionan una tierra tan corrediza como la nuestra. A Julio Caro Baroja y su Escrito con letra aguda y fina, compendio de los textos sobre Navarra publicados por este erudito sin estridencias, claro como el agua del Urederra.

En el Día de Navarra me gustaría saber más sobre Navarra, sobre su historia, sobre el Príncipe de Viana, esa figura que representa, según Mikel Zuza, la figura del perdedor, enfrentado a su padre y a su madre, «que era malísima». El Príncipe de Viana encarna, además, la pasión por la cultura, el camino de perfección personal, el cultivo de la sensibilidad, de las artes, del humanismo. La espesura de su biblioteca tenía fama, con textos filosóficos, clásicos. ¿Dónde vivía el Príncipe de Viana? ¿Dónde pasaba esas largas horas entregadas a la reflexión, al conocimiento? En el Día de Navarra me gustaría saber más sobre este personaje y que su figura estuviera más presente más allá de las rotondas y de las marcas de vino. Que el premio que lleva su nombre, así como la institución creada en su honor, impulsara no tanto el conocimiento de su peripecia vital, sino que lograra contagiar algo de su talante.

En el Día de Navarra me pregunto también cómo es que no se ha traducido al castellano actual ese impagable documento que es la Complaynna a que de sí faze Navarra, escrita por Pedro de Sada en torno a 1464 y que concentra las esencias de la navarritud en un momento tan crítico como el fin de la guerra entre beumonteses y agramonteses. Al igual que hace el propio Príncipe de Viana —del que Sada fue colaborador— en el prólogo a su Crónica de los reyes de Navarra, el escrito se dirige a una tierra, Navarra, herida casi de muerte. Les duele Navarra y así lo reflejan ambos en unos textos que en cualquier otro territorio más consciente de su historia serían poco menos unas sagradas escrituras de la patria. Porque de la Complaynna de Sada han dicho los estudiosos que es un claro ejemplo de «elegía patriótica», con un «carácter de identificación con el territorio, el terruño o la patria como solar paterno o familiar».

En el Día de Navarra me pregunto porque están más presentes en el imaginario colectivo personajes surgidos de la imaginación, como Caravinagre, el Zaldiko Maldiko o Ziripot, y no tanto la figura de Sancho el Fuerte, con su gigantismo, su leyenda de captor de cadenas sarracenas y de superhéroe de la navarridad muerto en la curiosa y progresiva fecha de 1234 a la provecta edad de ochenta años. En el Día de Navarra me sorprende que su figura no haya sido no ya ‘aprovechada’ sino simplemente recordada, homenajeada, más. O llevada a las novelas, al cine. La idea, muy navarra, del antichovinismo, del antinacionalismo, por incultura, por desidia, por exceso de humildad. En el Día de Navarra propongo recuperar cierto orgullo navarro sin caer en la «matraca nacionalista» ni en el ombliguismo de Nicolas Chauvin.

En el Día de Navarra me gustaría que hubiera un interés real por su historia y se transmitiera en los centros educativos con habilidad para generar curiosidad y no lo contrario. En el Día de Navarra me gustaría que el euskera no se entendiera como la lengua asociada a una opción política sino como un patrimonio común y que se promulgara su conocimiento general de un modo más cultural que de normalización lingüística algo, a mi entender, sencillamente imposible. Que todos supiéramos cómo se dice invierno en esta lengua tan remota como propia pero que, en el Día de Navarra lo digo, su desconocimiento no implicara discriminación en el acceso a los puestos de la administración pública. Que saber euskera supusiera un enriquecimiento personal como el que le gustaría al malogrado Príncipe de Viana y no acabara reducido a moneda de cambio con agravios comparativos en aras de una dudosa supervivencia social.

En el Día de Navarra me gusta celebrar la idea de que exista un territorio cohesionado no por fronteras sino por un sentimiento de comunidad que no entra en las reducciones habituales del nacionalismo de turno. Como un campo magnético que llegara de Tudela a Leitza. Porque la idea de Navarra que me gusta celebrar en el Día de Navarra es la de un sentimiento de pertenencia intangible, centrífugo, abierto a acoger a todas las sensibilidades y culturas que se conviven entre el saltus y el ager. Y cómo las relaciones que durante siglos se han establecido entre ambos extremos configuraron y dieron sentido a su mapa. En el Día de Navarra me gustaría sentirme más navarro, y que todos supiéramos qué es ser navarro pero, en el Día de Navarra, confío en que poco a poco las nubes de la ignorancia se irán disipando dando paso a un claro repentino en los altos de la ermita de Muskilda.

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