Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

Me excitan las gatas

José Luis Cancho ofrece en ‘Los refugios de la memoria’ un ejercicio de literatura autobiográfica tan valioso como infrecuente

"Los refugios de la memoria", de José Luis Cancho.
"Los refugios de la memoria", de José Luis Cancho.

Decía Flannery O’Connor que en un tiempo en que nadie oye, hay que gritar. Y que cuando todo el mundo está ciego, conviene escribir con letras gigantes. Un poco parecido pasa en este marasmo de internet, donde hay que optar por titulares a menudo ridículos si uno quiere llegar a más lectores que los cuatro habituales.

Es lo que quiero esta vez y por ello recurro a tan lamentable arte, dudando muy mucho de si el fin justifica los medios y si al autor de Los refugios de la memoria no le repateará mi reprobable ardid.

Pero algo me dice, tras engullir las 85 páginas de este sublime autorretrato, que Cancho es un hombre sabio y que no se enfada por menudencias. Sabe distinguir lo accesorio de lo esencial. En la vida, pero también —ay, quién supiera— en la literatura, como confiesa en las primeras páginas del libro: «Simplifico los alimentos al mismo ritmo que se simplifica y estrecha mi lenguaje». Escribamos menos, hagámoslo como Beckett, que se expresaba en francés para empobrecer su escritura, para trabajar desde la impotencia, nos recuerda Cancho en esta joyita recién editada por papeles mínimos.

¿Y a qué viene lo de las gatas? Pues a unas líneas en la página 20, y qué feo está sacar de contexto, en que leemos: «Una gata me excitó en Hamburgo. (…) No tengo ideas preconcebidas sobre el sexo. Puede excitarme un paisaje, una gata (como me ocurrió en Hamburgo hasta un punto difícil de controlar; a partir de entonces miro a las gatas con cierta prevención), el color y el vuelo de un vestido».

A mí no me excitan las gatas. Me puede excitar, por ejemplo, que la dependienta de unos grandes almacenes me mire el culo cuando le pregunto que qué tal me quedan los pantalones. Miserias humanas las que tejen la literatura autobiográfica de la buena y esto lo recuerda Iñaki Uriarte en sus diarios citando nada menos que al rumano Cioran:

«Una semblanza solo es interesante si se consignan en ella las ridiculeces. Por eso es tan difícil escribir sobre un amigo o sobre un autor contemporáneo al que respetamos. Las ridiculeces son las que humanizan a un personaje».

NO ESCRIBIR

Pero no son ridiculeces las que encontramos en el libro de Cancho, autor tardío de cuatro novelas y exmilitante de las convulsas causas de izquierda de los setenta. Hallaremos briznas dispersas de sabiduría, que es la que surge al plantearse ciertas cosas, y un elogio de lo mínimo, como una apuesta para un decrecimiento intelectual, experiencial, incluso sexual, que me recuerda al Pablo d’Ors de Biografía del silencio («la verdadera vida está detrás de lo que nosotros llamamos vida. No viajar, no leer, no hablar…»).

No hay ridiculeces pero sí el tono confesional justo de quien se enfrenta al folio en blanco enfrentándose también a sí mismo, que de eso y no de otra cosa va la literatura autobiográfica. Las comparaciones son odiosas, pero eso es justo lo que no encontré en Una ilusión, de Ismael Grasa, reciente lectura donde se cae en ese «contar la vida» que es precisamente lo que no tiene que hacer el escritor (autobiográfico o no).

Me quedo no obstante con la jugosa anécdota del puñetazo que le arreó el navarro Juan Gracia Armendáriz, cuando eran compañeros de piso en el Madrid de los primeros noventa. Amigos para esto.

Dice Cancho, con una honestidad brutal pero exquisita, humilde y sin postureos (o los justos, como matiza luego), que la escritura de sus cuatro novelas no fue sino la preparación para enfrentarse a la redacción de estas memorias. Y así como nos va narrando su deserción —qué gran cosa la deserción— de ciertos universos que creía suyos y sólidos, como el activismo comunista, las raíces o la docencia, la literatura se puede convertir también en una muda perecedera y quizá este libro sea su canto del cisne más afinado. Sin dramatismos lo dice, pero lo dice.

Porque Cancho se muestra como alguien abierto a lo imponderable que, en su deambular por la insatisfacción, también encontró invitaciones para la satisfacción plena o, al menos, accesible. Y quizá esa cosa parecida a la felicidad pueda lograrse sin esa tabla de salvación que durante años fue para él la escritura: «La vida como desierto florido (…) en cuyo interior reposan agazapadas, esperando el instante propicio para cumplirse, las más maravillosas sorpresas».

LA UNIVERSIDAD DE LA CÁRCEL

Los buenos libros autobiográficos trascienden el ombligo y te llevan de la mano a lugares desconocidos o en sombra. Así lo hace Cancho con la cárcel del tardofranquismo, desmitificándola, ensalzándola incluso como ínsula de náufrago en la que poder escuchar el pálpito interior. Leyendo a Cancho, uno piensa que tanto el viaje por el viaje, como el paso por la cárcel, cierta cárcel, deberían de ser de obligado cumplimiento en la juventud.

El retiro y el apartamiento como verdadero acceso al conocimiento, a lo esencial. La independencia interior frente a las chorradas de nuestro tiempo. El pasaporte hacia la libertad individual. Unos años, dos, en la sombra, que en su caso le colocaron en una tierra desconocida: la de analizarse a sí mismo. A los 23, con su pasado de barrotes a sus espaldas, se sentía un viejo, pero también poseedor de ciertas conquistas secretas. Los sedimentos de ese vivir curiosamente, anteponiendo conciencia personal a consignas exteriores, impregnan las páginas de Los refugios de la memoria.

Hay esa indagación, ese mirarse en el espejo profundo del alma, en el libro de Cancho, pero también lo que dice Sánchez Ostiz aquí a propósito de su último diario, Rumbo a no sé dónde, en el que apunta los mimbres de la literatura autobiográfica que se pretende más o menos honesta y verdadera: «Detrás de un diario tiene que haber un proyecto de vida, una vida a secas que merezca la pena ser contada. Un combate con uno mismo, una pesquisa del sentido de la propia vida».

Aquí lo hay, con un homenaje explícito a ese artistor que fue Édouard Levé. Solo queda esperar que Cancho no emule sus títulos más siniestros y venza la tentación del fracaso en su máxima expresión. Porque es un aventurero, lo sepa o no, ubicado en las antípodas del maestro de secundaria de nómina segura, esas vidas VPO, y, eso, con un poco de talento y constancia, se traduce en libros memorables.

  • Los comentarios que falten el respeto y que no se ciñan al tema de la noticia, podrán ser eliminados.
  • Cada usuario será el único responsable de sus comentarios.