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¿Por qué nos atraen los crímenes?

Por Eduardo Laporte 19 Diciembre, 2017 - 9:17

En enero, vuelve el simposio sobre literatura ‘noir’ en el Pamplona Negra. Una muestra como otra cualquier de que el crimen alude a extrañas pasiones latentes.

Una mujer apunta con un arma. FOTO SOFÍA SFORZA
Una mujer apunta con un arma. FOTO SOFÍA SFORZA

Sábado por la mañana, Pamplona. Paso por la calle Paulino Caballero y el morbo, no creo que se pueda llamar de otra manera, me hace acercarme hasta el portal número 5. En ese espacio, de arquitectura moderna, seguramente reformado por un estudio de postín, tuvieron lugar los hechos desgraciados de la noche del 7 de julio de 2016. La supuesta violación a una chica de 18 años por parte de cinco andaluces conocidos como La Manada.

A la espera de la sentencia, prevista para después de Navidad, sólo se me ocurre decir que los hechos fueron desgraciados, que ojalá nunca hubieran tenido lugar. Porque todo lo que conlleve una denuncia policial esconde una experiencia traumática, sea esta un delito o no. Porque hay experiencias traumáticas que no aparecen como tales: el padre de Kafka no se enfrentó nunca a un juicio y, lo que es peor, ni siquiera sería consciente de su insidiosa tortura psicológica de no haber recibido ese zasca en forma de libro que fue Carta al padre. Debería haber un tribunal para ese maltrato que se dosifica en pequeñas pero igualmente lesivas dosis.

¿Por qué nos atraen los crímenes? Quizá porque en nosotros mismos habite un criminal. Quizá porque el mal ajeno tenga algo de tónico balsámico en nuestra particular lucha por la vida. Condenan al criminal y nos liberan un poco a nosotros.

DE MAYOR, CRIMINAL

En casa, doy con los catálogos del colegio, año 96-97. Entonces sólo nos mostrábamos como la versión embrionaria de lo que seríamos después. Entre mis excompañeros, veo a un futuro ingeniero, a un futuro locutor de radio y a una futura catedrática de Derecho. También a una chica que heredará la farmacia de su madre. En el curso anterior, busco a José Diego Yllanes, futuro criminal, asesino según nuestra conciencia, homicida según la Justicia, responsable, en cualquier caso, de haber acabado con la vida de una inocente, Nagore, acabando un poco más con nuestra inocencia.

Me dijeron que Yllanes, cuyos servicios profesionales ya requiere una clínica sevillana, en lo que parece una reinserción tan precipitada como obscena, no respondía al perfil de chaval estupendo y admirable que saluda a los vecinos. En los ataques de bullying que había entonces, me cuentan, era el que ponía la puntilla. Cuando el desgraciado que recibía los palos estaba noqueado y la particular jauría había decidido que ya estaba bien, llegaba él y asestaba el golpe de gracia. El que sobraba, el que hacía traspasar la línea roja de las perrerías escolares más o menos lamentables a la violencia pura y dura. La que marca y se queda bajo la piel, bajo el alma. Quizá sea un bulo, pero a mí me sonó a cierto.

Veo a los compañeros del futuro criminal y me entran deseos de entrevistarlos. A varios los conozco personalmente. Descubro a uno con quien debato de vez en cuando en redes sociales. Bastaría un mensaje privado para conocer más de la naturaleza de ese individuo capaz de enterrar a una mujer que ha matado a decenas de kilómetros del lugar del crimen. 

LA FORTALEZA

¿Por qué nos atraen los crímenes? Quizá para cerciorarnos de que no somos como ellos. De que podemos disfrutar de nuestra inocencia mientras ellos, sea cual sea la condena, no. Incluso el más psicópata tiene remordimientos, sea por la víctima, sea por la familia de ella, rota para siempre, o por la suya propia, mancillada por el deshonor de tener en su linaje alguien capaz de matar, y ponga usted aquí las atenuantes que quiera. ¿Tú has matado a alguien? Yo tampoco. 

Esa dirección, travesía de Acella, que figura cándidamente en el catálogo de mi antiguo colegio. Como si los directores no hubieran pensado ni por asomo que de esos pupitres de pago saldría alguien capaz de incumplir el único mandamiento en el que coinciden laicos y creyentes. 

¿Por qué nos atraen los crímenes? Quizá porque parecen amenazar los cristales de nuestra zona de confort, como esa lluvia que de niños se filtraba por las ventanas aún de madera, sin más desperfectos que pudieran resolverse con una bayeta. Los crímenes de otros nos refuerzan en esa fortaleza personal que construimos día a día y nos ofrecen el deleite quizá insano de constatar que no todos supieron defender ese castillo propio.

Me acuerdo de la joven Nagore, evocada en el documental de Helena Taberna, y me consuela pensar que hay otras condenas que van por dentro. La culpa de Raskolnikov. Como si la Justicia, con una mayúscula aún no inventada, se aplicará siempre, con o sin barrotes de por medio. 

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