Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

Baroja, Sánchez Ferlosio y otras visitas de senectud 

Excepto en contadas ocasiones, se ha perdido el hábito de visitar a las viejas glorias: reivindiquemos el té con pastas con nuestros abuelos más gloriosos 

Ernest Hemingway visita a un enfermo y anciano Pío Baroja.
Ernest Hemingway visita a un enfermo y anciano Pío Baroja.

Estos días cumplían años Jean-Luc Godard (87) y Rafael Sánchez Ferlosio (90). París se me hizo menos hosco el otro día sabiendo que esa leyenda del cine andaba por ahí y Madrid me cae mejor sintiendo la presencia en la glorieta de Bilbao del autor de 'Alfanhuí', su obra más querida. Si bien abandoné la lectura de 'El Jarama' por parecerme más seca que un polvorón en agosto, Sánchez Ferlosio conserva ese halo de preboste literario que se levanta del libro de texto para decir, eh, que estoy vivo, que nos gusta. 

Quizá por eso de un tiempo a esta parte a su casa acude algún que otro periodista, más por su figura que por lo que, ay, tengo ya que decir, y luego se hacen un selfie arruinaleyendas pero hay que decir, como Indurain, que hemos estado ahí. Como lo dirían en su época aquellos que se acercaban a la tertulia de Pío Baroja, escritor ya manso, el hombre bueno del Retiro, que abría él mismo la puerta de su piso de Ruiz de Alarcón. Gregorio Marañón, Cela, un joven Juan Benet (léase su 'Otoño en Madrid hacia 1950') y hasta el mismísimo Sánchez Dragó, que con 20 años pelaos intuía dónde había que estar. Como lo sabía Hemingway, con la famosa y oportunista foto al pie del lecho de muerte de don Pío. 

DARSE PRISA

Y es que con las glorias en vida no conviene dormirse en los laureles. Me pasó con Francisco Umbral, cuya muerte nos sorprendió un día de agosto tonto, con sus artículos diarios como el pan aún bien calientes. Me quedé sin saludar al dandy de Majadahonda, en un tiempo, el mío, en el que aún me tenía por mitómano, como le cuadra a todo joven letraherido. 

En lugar de eso me tuve que conformar, con perdón, con una visita arrealista a la finca abulense de don José Jiménez Lozano, a la sazón Premio Cervantes 2002, a sugerencia de mi amigo Agus que lo conocía de no sé qué. Nos atendió muy amable el hombre, en una visita de la que recuerdo el detalle de ver al protagonista en la realidad, pero también duplicado por el retrato que de él colgaba en la pared, donde vestía de idéntico modo. Periodista y escritor, me pareció descubrir más al primero, en la definición de Rosa Montero: el periodista se ocupa de los árboles; el escritor, del bosque. Aquello era 2012 y ya había una leve presagio del adiós, lo que en parte motivó la visita. Pero estamos a las puertas de 2018 y aquí seguimos. La senectud tiene algo de gerundio, de gerundio interrogante. Excuse me for not dying, dijo Leonard Cohen en una de sus últimas giras. 

PLANIFICA TU VISITA 

En tiempos líquidos de redes sociales donde el arte de la conversación se encuentra en peligro de extinción, ¿puede haber algo más enriquecedor y auténtico que visitar a una longeva autoridad en su materia? En un plano local, me hubiera gustado colarme en el taller de Oteiza, en Alzuza, y desafiar la fama de cascarrabias de  la que gozaba el escultor. O a esa otra leyenda hiperlocal, Pablo Antoñana, que era lo más parecido a un escritor de la vieja escuela que teníamos en Pamplona: nunca lo traté pero sí acostumbraba a verlo del brazo de su mujer entrando o saliendo de Correos. Su rictus de malas pulgas ilustraba bien cierto carácter navarro y, la verdad, no ayudaba mucho a acercarse a su obra. 

Milan Kundera, Margaret Atwood, Antonio Ferres, Alejandro Jodorowski, Franco Battiato, María España, Joan Didion, Eduardo Arroyo, José Caballero Bonald, Paco Ibáñez, Jorge Herralde, Antonio López... Me vienen a la cabeza nombres de personas con quienes no me importaría tomar un té con galletas de mantequilla danesa. Sin ánimo periodístico, sin motivación mitómana. O un poco sí. Pero quizá especialmente por la devoción que genera alguien que ha llegado tan lejos en términos meramente temporales y sigue ahí, de pie, entero, contándote historias.

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