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Aceptar lo imperfecto

Por Eduardo Laporte 26 Diciembre, 2017 - 7:57

Nada será como antes, pero tampoco sabemos que lo que está por venir vaya a ser peor ni que lo que ha llegado no sea lo mejor.

Peter Lindbergh  Garry Winogrand, 'Women On Street'
Peter Lindbergh Garry Winogrand, 'Women On Street'

«Tenía la edad aquella caduca en que la certeza caduca», canta Jorge Drexler aquí. Llegué hace años a esa edad, lo que me condena a una posición incómoda en los debates de barra. O en las discusiones 2.0 en las que uno ha dejado incluso de discutir, de gastar saliva digital en balde.

La idea de un desertor, qué bonita palabra, intelectual. Qué se peleen otros. Luego, claro, no te quejes si te cae una República de las Sonrisas Torcidas. No hay certezas, pero sí una suerte de hallazgos efímeros que nos ayudan a recomponer la postura sobre la cabalgadura.

Como que no se darán las circunstancias ideales para, por ejemplo, celebrar unas Navidades como las de antes. Cambiará el escenario, las personas, los menús, estarán unos amigos y no otros.

Dejaremos de ver a unos pero también quedaremos con personas nuevas, les presentaremos libros, incluso, y luego comentaremos las jugadas en algunos de los bares que, por fin, se abren con decencia y buen gusto en esta umbrosa ciudad.

Pessoa en el Libro del desasosiego dice que «bien sabemos que toda obra ha de ser imperfecta» y que imperfecto es todo, porque un atardecer puede ser bonito pero siempre puede serlo un poco más, y una suave brisa adormecedora puede producirnos un sueño más calmo todavía.

Qué facilidad, por otra para que cuanto todo ha ido como la seda, yo qué sé, el día de tu boda, un comentario desafortunado dirigido al tal invitado querido te genere un mal sabor de boca, una pequeña resaca moral, que pueda incluso echar por tierra el buen recuerdo de ese día clave.

Debemos lidiar con esa imperfección, con las teclas que sonarán disonantes, con el pisotón en el baile, con la ostra con pútrido olor a puerto. Y asumir que esa imperfección forma parte del guion, nos guste o no.

Habla Murakami en Kafka en la orilla de las sonatas de piano de Franz Schubert y de lo complicado que es tocarlas a la perfección. Especialmente la sonata en Re mayor: «No hay quien pueda con ella».

Qué daño, pienso, ha hecho esa ambición de perfección, y cuántos millones de dólares le ha generado a la industria cosmética. Cuántos trastornos digestivos. Cuántos abandonos antes de tiempo por no haberse alcanzando una autoexigencia a todas luces sobreexigente.

«Hay obras que poseen cierto tipo de imperfección que cautiva el corazón de las personas justamente por eso, por ser imperfectas», leemos en el libro de Murakami que es, por otra parte, imperfecto, como los pocos suyos que he leído. Imperfectos pero delicados, honestos; he ahí una posible clave del éxito mundial de Murakami mientras escritores de mi generación aspiran a parecidos éxitos con obras relamidas de perfección, como si el éxito, el de verdad, el que produce tanto satisfacción personal como ventas, se pudiera conquistar con un análisis DAFO de la creatividad.

En movimiento

La vida como obra imperfecta que no se puede domesticar ni controlar a nuestro antojo, pero que nos permite si no ya gobernarla como una nave mansa, sí disfrutar de las distintas sinfonías que surgen durante la travesía, por azar o no tanto.

En esa imperfección schubertiana de pronto la vida rima, las notas empastan de una manera nueva y constantemente se vuelven a lanzar esos sonidos al aire que, misteriosamente, no provocan un ruido infernal, generando frecuentes combinaciones afortunadas.

Si uno pone un poco de su parte, de pronto donde había silencio sonará una música cada vez más apreciable y donde había sombras mortecinas habrá color. ¿Milagro? Digamos que bastaría nada más y nada menos que con deshacerse de nuestros moldes preconfigurados de lo que debería ser la vida, la felicidad y, básicamente, dejarse sorprender. Callarse un poco para escuchar esa melodía que, imperfecta o no, siempre suena para los oídos que la buscan.

Olvidar nuestros cánones, nuestro criterio de lo bueno y lo malo, matar al juez que llevamos dentro, aceptar, vaya, el movimiento. Ese movimiento en que, como la cresta de la ola que cuando llega a ser ya no es ninguna, podemos llegar a habitar, a ser. Renunciar entonces a atrapar el movimiento para, ahora sí, por una vez, hacerlo nuestro. 

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