ENTREVISTA

Gaizka Fernández, historiador: "Lo novedoso en la izquierda abertzale sería que hiciera una crítica sincera de su pasado"

El historiador, experto en ETA, acaba de publicar "La voluntad del gudari", una obra que aborda los inicios y el desarrollo de la banda terrorista.

Gaizka Fernández, historiador y autor de La voluntad del gudari.
Gaizka Fernández, historiador y autor de La voluntad del gudari.  

Más de cuatro décadas de extorsiones, tiros en la nuca, chantajes, bombas, pintadas amenzantes... La sangrienta historia de ETA ha dejado un reguero de muerte en cuya semilla indaga el historiador Gaizka Fernández Soldevilla (Bilbao, 1981) en su nuevo libro, La voluntad del gudari. Génesis y metástasis de la violencia de ETA, publicado por Tecnos. La obra analiza los orígenes del terrorismo etarra y combate cualquier tipo de justificación de la violencia.

La voluntad de gudari aborda el complejo origen de la banda terrorista ETA. ¿Es habitual que se simplifique e, incluso, se justifique?

Por desgracia, sí. Desde el nacionalismo vasco radical se ha publicitado la “lucha armada” de ETA como el último, dramático e inevitable episodio del secular “conflicto” que enfrentaría a los invasores españoles y los invadidos vascos, lo que convertiría a los terroristas en herederos directos de las partidas carlistas y los gudaris de la Guerra Civil. Pero la autodenominada izquierda abertzale no ha sido la única en transferir al “Estado” la responsabilidad de los crímenes de ETA.

Desde otros ámbitos también se ha mantenido que la represión fue especialmente intensa en el País Vasco durante la contienda y la posguerra, subrayando tal circunstancia como decisiva en la gestación del terrorismo. Hoy sabemos que el supuesto “conflicto” es solo una “guerra imaginaria”, por emplear la expresión de Antonio Elorza, y que la represión franquista afectó mucho más a Andalucía y Extremadura, zonas donde luego no surgieron organizaciones terroristas comparables con ETA.

Cuáles son los principales factores?

El carácter antidemocrático, ultranacionalista español y centralista de la dictadura hacía especialmente atractiva la violencia para los jóvenes que crearon ETA, pero también hay que tener en cuenta factores de orden interno como el choque intergeneracional con los veteranos del PNV, el sentimiento agónico provocado por el retroceso del euskera y la llegada de miles de inmigrantes, interpretados como parte de un plan genocida del “Estado”, el odio derivado de una lectura literal de la doctrina de Sabino Arana, la creencia de estar luchando en un secular “conflicto”, el deseo de vengar a los gudaris de 1936 y la imitación de los movimientos anticoloniales del Tercer Mundo. Ahora bien, por mucho que influyeran en los etarras, tales elementos no determinaron sus actos. Cuando decidieron matar estaban ejerciendo su libre albedrío.

 Como ya señala Florencio Domínguez en el prólogo, ETA opta por la violencia mientras otros grupos de oposición al franquismo luchan de forma pacífica. ¿Por qué ETA mata?

Gran parte de la oposición antifranquista se planteó utilizar la violencia en un momento u otro, pero muy pocos grupos pasaron de las palabras a los hechos. Tampoco lo hicieron las juventudes del PNV o “Los Cabras” de Xabier Zumalde, que eran de la misma generación que los etarras, que ideológicamente estaban muy cercanos a ellos, que sufrían la misma dictadura y que también soñaban con ser nuevos “gudaris de la Resistencia”. Realizaron sabotajes y pusieron bombas, es cierto, pero no asesinaron a nadie. ¿Cuál es la diferencia? Que los etarras decidieron dar el paso y los otros no. Los etarras llevaban debatiendo cómo matar desde su creación, en 1958. En 1968 tuvieron la voluntad de hacerlo. 

Ante la sangrienta historia de ETA, ¿hoy el principal enemigo a combatir es el olvido?

El olvido de nuestro pasado es un error, pero hay algo mucho peor: la asunción acrítica del relato del “conflicto vasco”. Eso puede suponer un desastre, ya que implica legitimar los cimientos intelectuales del terrorismo de ETA. Si no los desactivamos, el caldo de cultivo que ha nutrido de significado a la violencia se mantendrá latente bajo una fachada de normalidad democrática. Nada impediría que tarde o temprano el País Vasco y Navarra volviesen a sufrir sus consecuencias. Es un riesgo que se ha de evitar.

¿Hay intentos por maquillar estos años de plomo?

La maquinaria propagandística del abertzalismo radical lleva años dedicándose a completar, fijar y divulgar el relato del “conflicto vasco”, ya sea desde el ámbito de la educación, el periodismo, el cine, la televisión, la música, la literatura, las ciencias sociales o la historia. Los hay que se hacen pasar por historiadores, pero no solo carecen de formación académica especializada, sino que desprecian la historia como disciplina. Se trata de proselitistas que escriben una literatura ad probandum con nulo respeto por la metodología científica y la deontología historiográfica. Lo suyo es apuntalar, renovar o inventar los mitos de la izquierda abertzale. Cada uno de sus libros es un emotivo capítulo que añadir a la saga de la secular guerra étnica entre vascos y españoles y, por tanto, sirve para justificar la violencia de ETA.

Hay un rechazo constante por parte de la izquierda abertzale a condenar el terrorismo etarra. ¿Por qué?

Condenar el terrorismo supone asumir la realidad histórica, pero esta es demasiado dura. No hacerlo y seguir recurriendo al “conflicto” sirve para legitimar aquello que, de otro modo, serían simples crímenes: los atracos, las amenazas, la extorsión, los secuestros y las 845 personas asesinadas por ETA. Al aferrarse a la imagen de una guerra provocada por una agresión foránea y al señalar al “Estado” como el culpable de la misma, la organización terrorista intenta blanquear su pasado. Además, así el nacionalismo radical pretende mantener la fidelidad electoral de sus simpatizantes, deslegitimar la Transición y la actual democracia, ahuyentar el fantasma de una ETA policial y jurídicamente derrotada, equiparar el País Vasco con Sudáfrica o Irlanda del Norte y, por consiguiente, reclamar una negociación entre el Gobierno y la banda terrorista. 

Arnaldo Otegi no tuvo problemas hace unas semanas para mostrar su solidaridad con el pueblo belga tras los atentados yihadistas.

Hay gente que ha interpretado ese gesto como una muestra de cinismo o un cálculo interesado, pero no resulta sorprendente: ETA y la izquierda abertzale nunca han tenido reparos en condenar ciertos atentados terroristas, siempre que fueran obra de otros grupos. Lo novedoso es que hicieran una autocrítica sincera de su pasado. 

 En 2011 llegó el anuncio del "cese definitivo de la violencia". ¿Qué cree que sellará el fin de ETA?

Es imposible saberlo, sobre todo con la inestabilidad política actual. No obstante, una vez tomen esa decisión, ETA tiene pocas opciones: sus dirigentes pueden hacer una entrega de armas, como el IRA, lo que considero poco probable; pueden salir a anunciar su final a cara descubierta, como hicieron los séptimos en 1982, tras llegar a un acuerdo con el Gobierno de Adolfo Suárez, algo que no ocurre ahora; pueden hacer un comunicado oficial; o la banda puede ir disolviéndose poco a poco, como un azucarillo, tal y como le ocurrió al GRAPO. O puede que llegue el día en que ya ni siquiera quede nadie para bajar la persiana.


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