ENTREVISTA

Joaquín Achúcarro: “A estas alturas, me considero ‘pianoadicto’ porque tengo que pincharme todas las mañanas”

El músico bilbaíno celebra su 85 cumpleaños con una gira de conciertos junto a la Orquesta Sinfónica de Euskadi.

Concierto del pianista Joaquín Achúcarro con la Sinfónica de Euskadi en Pamplona. IÑIGO ALZUGARAY
Concierto del pianista Joaquín Achúcarro con la Sinfónica de Euskadi en Pamplona. IÑIGO ALZUGARAY  

Ravel dedicó su Concierto para la mano izquierda a Paul Wittgenstein, joven pianista que había perdido su brazo derecho en la Primera Guerra Mundial. Cuando regresó del servicio militar, Wittgenstein cayó en depresión y se presentó en casa del compositor francés para pedirle un concierto que se pudiera tocar con una sola mano. Ravel compuso el milagro: en los oídos del público, Wittgenstein recuperó su diestra.

La mano derecha de Joaquín Achúcarro (Bilbao, 1937) se agarraba al cuero de la banqueta del Auditorio Baluarte en un concierto para celebrar su 85 cumpleaños con la Orquesta Sinfónica de Euskadi. El pianista resume más de 70 años de reconocimientos nacionales e internacionales y colaboraciones con los mejores directores y orquestas del mundo con naturalidad de niño: “La bola de nieve empezó a rodar. Y todavía sigue”.

Achúcarro habla del piano y sólo le salen metáforas: ríos de lava, pájaros enjaulados en el pentagrama o las galerías de una cueva. En una ocasión, escribió: “Bach habla al universo, Beethoven a la humanidad y Chopin, a cada uno de nosotros”. Hoy, el pianista bilbaíno desgrana en NAVARRA.COM su vida con el teclado.

Celebra sus 85 años con tres leitmotiv de su carrera: la Orquesta Sinfónica de Euskadi, Pamplona y El concierto para mano izquierda de Ravel.

Lo de Pamplona fue colosal. Además, mis primeros recitales de joven talento los di aquí, en la Sociedad Filarmónica. Cimenté unas amistades y recuerdos que me han acompañado toda la vida. Los conciertos, los éxitos, las cenas… Me dieron ilusión y ganas de hacer más.

Debutó con 13 años, un concierto de Mozart junto a la Filarmónica de Bilbao, ¿qué recuerdos guarda?

No me sostenían las rodillas cuando salí al escenario. La Filarmónica, entonces, estaba en un gran momento. He de decir que yo sólo tenía media hora diaria para estudiar porque estaba en el colegio. Entrabamos a las ocho de la mañana, teníamos un descanso para comer y salíamos a las ocho de la tarde. No tenía tiempo, pero el concierto salió bien. Lo suficientemente bien como para que aquel día dijera: “Yo quiero ser pianista”. Lo decidí en ese momento, el 20 de mayo de 1946.

Después, tuve que acabar el Bachiller, ir a la universidad, hacer un año de prueba en el Conservatorio de Madrid, en la Academia de Siena… Entonces, por fin, parecía que me podía dedicar a esto. Luego vinieron unos años confusos, hasta que gané el Concurso de Liverpool en 1959 y debuté en Londres. La bola de nieve empezó a rodar, y todavía sigue.

¿Ha pensado en la retirada?

Claro. No me he puesto una fecha, me retiraré cuando vea que ya no puedo seguir. Visto lo que pasó en Pamplona, parece que todavía puedo… (ríe). Después, quedan Vitoria, San Sebastián y Bilbao.

En casa.

Es lo de siempre. Hay quien dice que sí y hay quien dice que no… Nunca faltan los del no. Lo que quiero es demostrar a los del sí que tienen razón. Y a los del no, que todavía no ha llegado el momento de retirarse.

¿Cómo es su relación con la obra de Ravel?

Siempre me ha gustado enormemente. Su forma de escribir, de vestir a través de las notas… A estas alturas, he llegado a un entendimiento con la parte del compositor: lo que quería ocultar, la explosión de tensión dentro de su alma. Es como poner a un pájaro dentro de una jaula hecha con un pentagrama. Y hacerlo volar lo mejor que puedas, con un instrumento que se compone de 8.000 piezas y de dos manos. Cuando renuncias a este tipo de cerebralidades, el arte es curioso.

Cuando Velázquez daba una pincelada, había mojado el pincel en una mezcla de pinturas que él había elegido. Y cuando Ravel decide escribir un do sostenido en lugar de un re, es intelectualidad. Pero, ¿impulsada por qué? Por una corriente interior. Es así.

Después de 70 años de carrera, ¿sigue abriendo jaulas?

Intento enseñar a mis estudiantes cómo abrirlas. Además, defiendo mis cuatro horas de estudio diarias, como mínimo. Me apetece mucho estudiar obras nuevas, pero no tengo tiempo para madurarlas como las que estoy tocando ahora. Brahms, Grieg, Mozart, Beethoven… Piezas en las que veo un abismo de belleza muy profundo. Es como adentrarse en una cueva e ir descubriendo galerías que nunca acaban. Como decía mi padre, tengo una ventisca cerebral (ríe).

¿Algún compositor predilecto?

En este momento, un señor que se llama Mauricio y se apellida Ravel (ríe). Los demás están en la sala de espera, pero la consulta la tengo con él. Le estoy preguntando cosas a través del piano. “¿Cómo no se te ha ocurrido escribir aquí esto?, ¿por qué has puesto esta nota? Ah, tienes razón…”. Cuando convives con una obra tantos años, te parece que hay pasajes que pueden sonar mejor de otro modo al que escribió Ravel. Yo pregunto a los pintores cuándo deciden que han terminado un cuadro. Me suelen responder: “Cuando ya no quiero verlo más”. Yo sigo queriendo ver la música. Empiezo a estudiar las obras que he tocado durante toda mi vida desde cero, como si fueran nuevas.

Y terminan por cobrar vida.

Son seres vivientes. La música es un río subterráneo de lava. Algo así, de un enorme fuego y presión. Fluye de una manera maravillosa. Esa es la imagen que refleja lo que siento al hacer música. Una presión maravillosa.

¿Qué ha cambiado en estos 70 años?

No lo sé, supongo que yo mismo. Las obras siguen escritas con las mismas notas de siempre, a las que yo extraigo un significado distinto, más profundo.

¿Y qué es lo que no ha cambiado?

El teclado del piano sigue siendo el mismo. Pero sus posibilidades sonoras son matemática y técnicamente infinitas. Las que yo puedo aislar y codificar son limitadas, hasta donde llega mi oído y mi sensibilidad. Si se extrapola a cualquier otro pianista, con esas mismas notas pueden surgir dos interpretaciones válidas, pero radicalmente distintas.

¿Cómo se enseña la música?

Mi forma de enseñar es la de un explorador que, con los datos que ha recogido en su viaje, muestra a los demás por dónde tienen que ir. O la de un médico que diagnostica y receta medicinas a sus pacientes. Pero hay algo básico: cualquier actividad física, como puede ser tocar un instrumento, requiere el entrenamiento de los músculos. ¿Cuántos reveses habrá dado Nadal en su vida?

¿Y cómo se escucha?

Hubo un tiempo en el que era necesario ser miembro de una sociedad para poder asistir a conciertos. No había radio ni gramófono. La música era un acto único. Los verdaderos aficionados sabían tocar el piano y se reunían para transcribir las sinfonías de Beethoven, los cuartetos de Mozart… Mi tío abuelo y sus amigos tocaban la música que después escuchaban en los conciertos. Estaban muy preparados.

Hoy, pulsas un botón con un dedo y puedes escuchar a veinte personas tocando el concierto de Ravel. Entonces, el precio que pagas es tan ínfimo que crees que todo es fácil. El público tiene una cantidad inmensa de referencias. Recuerdo a un hombre que se creía un gran aficionado de Wagner porque sabía de memoria cuántos minutos y segundos duraba la tetralogía (las cuatro óperas de El anillo del Nibelungo) de Zubin Mehta, Karajan o Lorin Maazel. En cambio, los aficionados de antes conseguían las reducciones para piano a cuatro manos de las óperas de Wagner y las descifraban como podían. Quiero llegar a entender y revivir esa época.

¿Qué le ha aportado la nuestra?

Después del concierto en Bilbao, estaré dando clases en Dallas al día siguiente. Colón tardó varios meses en llegar. Además, no sabía ni a dónde iba (ríe). Ahora viajas en un avión, viendo una película, tomando un vino… Es ciencia ficción.

Llegados a este punto, ¿quedan galerías por explorar?

Es la misma galería, sólo que cada vez llego a niveles más profundos. La relación amor-odio con el piano subsiste y crece. En este punto de mi vida, me llamo “pianoadicto” porque tengo que pincharme todas las mañanas.

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