ENTREVISTA

Alfredo Sanzol, Premio Nacional de Literatura Dramática: “El humor es necesario, no debemos mirarlo con superioridad”

"Cuando la comedia comienza a reírse de un personaje olvidando por completo su dolor, se convierte en superficial", resalta el autor pamplonés. 

El dramaturgo navarro Alfredo Sanzol, Premio Nacional de Literatura Dramática EFE
El dramaturgo navarro Alfredo Sanzol, Premio Nacional de Literatura Dramática EFE  

Son las cinco de la mañana y Nagore no puede dormir. Mientras toca la mitad vacía de la cama, se escucha respirar. Ya ha pasado un tiempo desde la ruptura, pero los quince años de matrimonio siguen doliendo. Se concentra en su respiración: está rara, como inquieta. Nagore se incorpora y mira al público: “¿Qué puedo hacer para poder mirar a la cara a todos mis fantasmas, reírme de ellos, y seguir viviendo? Creo que lo mejor es contaros la historia de mis intentos desesperados por salir de esta situación. Lo primero que hice fue hacer aparecer a mi madre y sus amigos para evitar la soledad”.

Es la primera escena de La respiración, obra por la que Alfredo Sanzol (Pamplona, 1975) ha recibido el Premio Nacional de Literatura 2017 en la modalidad de Dramaturgia. Nagore, la protagonista, se ve envuelta en una aventura con tres hombres a la vez gracias a su madre. “Es mi alter ego, el personaje con el que he viajado para curar el dolor de la separación”, cuenta Sanzol. Con esta obra de teatro, el autor (galardonado en tres ocasiones con el Premio Max de las Artes Escénicas) se ríe de las obsesiones y del orgullo. Todo para volver a respirar.

¿Cómo se recibe un galardón así?

Lo primero, mucho agradecimiento. Que a uno le reconozcan un texto con un premio de esta categoría... Además, estoy contento porque se ha premiado una comedia. Normalmente, la cultura oficial relega el humor a un segundo plano, detrás del drama o la tragedia. Para los que nos dedicamos a esto es una alegría.

La respiración es una comedia romántica, pero su tratamiento del amor se sale de lo habitual.

He jugado un poco… Uno de los personajes, la madre de Nagore, tiene una historia con tres hombres a la vez. Eso resta importancia al duelo por la separación de la protagonista. Me pareció divertido organizar un jaleo de ese tipo para que Nagore se abstrajera de sus obsesiones, de su dolor.

Uno de los elementos más valorados por el jurado ha sido “la evolución dramática de los personajes”.

Sí, y lo agradezco mucho. Ese tipo de trabajo tiene que ver con la diversión y con intentar lograr la mayor profundidad posible. Mi objetivo era acercarme a la realidad, que siempre tiene muchas facetas distintas. Se suele decir que las personas tienen más capas que una cebolla. Es cierto: nunca se puede saber cómo es alguien a la primera. Muchas veces, ni nosotros mismos lo sabemos. Cuando ideo personajes con muchas capas y giros, creo que al público le sirve como un espejo.

Es la primera obra que escribe durante los ensayos con los actores.

Comencé a escribirla con ellos a través de improvisaciones. Yo llevaba un pequeño argumento, pero las líneas se definían con el trabajo de los actores. Pusimos en común nuestras experiencias sentimentales. Por eso, La respiración no sólo cuenta con mis vivencias, sino también con las suyas. Creo que ese trenzado aporta riqueza.

La respiración narra un duelo sentimental a través del humor. ¿Cómo es el dolor desde esa óptica?

Cuando la comedia comienza a reírse de un personaje olvidando por completo su dolor, se convierte en superficial. Nunca hay que perder la empatía ni el cuidado: así es como se humanizan los sentimientos en la ficción. Si perdemos de vista el dolor, podemos caer en la frivolidad.

¿La profundidad y el humor están reñidos?

La risa que más me interesa es la que surge cuando ridiculizamos nuestro ego, nuestras obsesiones y construcciones mentales que nos alejan de la realidad. Cuando nos hacemos conscientes de todo eso, sentimos dolor. Luchar contra los prejuicios es duro porque no sabemos ni cómo los hemos aprendido. El humor es necesario, no hay que mirarlo con superioridad.

En su último trabajo, La ternura, recrea en cierto modo la comedia clásica, pero los giros argumentales tienen mucho peso. ¿Qué papel juega la sorpresa en tu obra?

Los engaños y disfraces de la comedia me han gustado desde que era un crío. Juegos, cambios de personalidad, escondites, persecuciones... Forman parte de la tradición occidental. Son giros que hacen avanzar la narración, han servido para contar historias durante siglos, y todavía hoy se utilizan. Me encanta estudiarlos, ver cómo los usan otros autores. El estudio de los mecanismos del humor forma parte de mi trabajo.

¿Y qué papel juegan en la comprensión de la realidad?

A veces, nos tomamos muy a pecho las estratagemas y triquiñuelas que utilizamos continuamente. La comedia sirve para ridiculizarlas, para ponerlas encima de la mesa y decir: “¡Todos participamos en este juego de engaños!” Es algo muy barroco: la confusión entre el sueño y la vigilia… Es una estrategia que se usa en la vida cotidiana para ocultar defectos y sacar adelante los intereses. La comedia pone la manipulación al descubierto y desvela cómo funcionamos los seres humanos.

¿Cómo es trabajar con el dolor de uno mismo?

Con la misma delicadeza con la que intento tratar el dolor de los demás. Hay que hacerlo con respeto y cariño, pero nunca hay que dejar de hacerlo. Es una manera de darle forma, delimitarlo y conocerlo.

También has trabajado la adaptación al teatro de clásicos de la literatura. ¿Qué diferencia supone tratar el dolor ajeno?

Mucha más imaginación y empatía, sobre todo cuando se usan lenguajes o situaciones que te tocan de lejos. A través de la sustitución, de imaginar cómo me sentiría yo en su piel, me acerco al dolor de los personajes clásicos que se crearon hace dos mil años. Estamos hechos de las mismas células que ellos. No existe una lejanía real, sino en la forma de vivir las emociones. A través de la imaginación, uno llega a hacer que el público actual viva esas emociones.

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