PAMPLONA

La vida al otro lado de la frontera: una tarde en las polémicas chabolas rumanas de Pamplona

Este relato narra la visita al asentamiento rumano de Pamplona, donde sus habitantes se mantienen al margen de la polémica social.

Asentamiento chabolista rumano en un solar de Santa María la Real en la trasera del Club de Tenis. IÑIGO ALZUGARAY
Asentamiento chabolista rumano en un solar de Santa María la Real en la trasera del Club de Tenis. IÑIGO ALZUGARAY  

El precio de cruzar la aduana que separa la frontera entre la ciudad y el asentamiento chabolista es alto. Lo confirma un vistazo rápido a este rincón de Pamplona, que da muestra indudable de unas diferencias de vida imposibles de negar.

Esta situación es la que llama a atravesar el barrizal y la media docena de escaleras que se acercan hasta las rutinas de estas personas, naturales de Rumanía. Son las 17.10 horas del miércoles 25 de mayo y desde la acera de la calle Mutilva Baja se perciben como mínimos los movimientos que presenta la escena. 

Una bañera de bebé cobra cierto protagonismo. En ella, una mujer joven frota con fuerza unos vaqueros desgastados. Levanta la vista de forma inmediata al percibir visita e inmediatamente alza la voz. De entre las ropas tendidas que tiene frente a ella, que apenas se mueven y se secan al sol de la ciudad, se reconoce la silueta de otra persona. Se trata de un chaval que observa el trabajo de la primera sentado en una silla de plástico, típica de terrazas veraniegas con mobiliario publicitario. 

No tarda más de diez segundos en ponerse en pie y elevar la mano. En un rumano difícil de comprender, invita a la periodista a continuar su camino hasta donde está. Vuelve a tomar posición y espera. Mientras tanto, y con el rabillo del ojo puesto en quien se acerca, la joven vuelve a introducir los pantalones en los escasos litros de agua con jabón en los que empapa sus manos. 

La polémica desatada en las últimas semanas en relación a los rumanos que viven sobre este espacio de cemento ha puesto de manifiesto la petición por parte de muchos vecinos para que el asentamiento desaparezca por sus molestias e insalubridad.

El Ayuntamiento de Pamplona, lejos de ayudar a estas personas a salir de su entorno, acaba de instalar un baño seco en sus inmediaciones para, según ellos, favorecer las condiciones de salubridad de las nueve personas censadas en esta esquina. La finca pertenece, en partes iguales, al barrio de Lezkairu y al Club de Tenis

ELLOS SON NICO Y ANDREA

Nico no sabe inglés, pero intenta hacerse entender en castellano entre varias palabras que siguen siendo irreconocibles para el idioma. No está impresionado con la visita de la prensa y se muestra cómodo y simpático ante el interés por saber si están bien. "Sí, sí, bien, bien", dice.

Repite varias veces que lleva doce años en Pamplona, una fecha que contrasta con los escasos días que hace que llegó desde su país natal la joven que le acompaña, tal y como acierta a explicar ella misma en inglés. Son marido y mujer. "Mi madre, mi padre, mi mujer y yo", contesta Nico a la pregunta de quiénes viven ahí.

Andrea, que abandona su labor cada pocos segundos para atender a la conversación, repite (esta sí sólo se hace entender en inglés) que en su país estaba "muy mal, muy mal, aquí mejor". Por su parte, él la interrumpe para hacer hincapié en que no están solos puesto que en la cabaña que queda a mano derecha vive también otra familia: una mujer y su hija que, tal y como cuenta, no suelen dormir allí.

Mientras la indignación vecinal ante la decisión de mantener las chabolas contrasta con la puesta en marcha de mejorar este espacio la pareja, jóvenes aunque no quieran concretar su edad, parecen vivir totalmente aislados de la controversia creada en la capital foral. 

En poco más de diez metros cuadrados hay dos camas tapadas por colchas de colores. En la habitación hay una radio, algún libro y un móvil cargando. 

La superficie de cemento que les resguarda del resto de la calle es el núcleo de un montón de objetos caídos en el suelo que guardan escasa relación. Aparatos eléctricos conviven con papeles y zapatillas, plásticos y maderas. "Trabajamos con la chatarra", explica Nico. Lo hace mientras señala la puerta que corresponde a su vivienda. En el antebrazo derecho y ciertamente desgastados, se observa que lleva dibujados distintos tatuajes. Amablemente, el joven abre la puerta de su hogar y levanta un mantel de encaje que tienen colocado a modo de cortina. Muestra entonces que ésta es la que separa dos estancias diferenciadas.

En poco más de diez metros cuadrados hay dos camas perfectamente tapadas por colchas de colores. Una alfombra y una mesa terminan de recoger una estancia que poco parecía presentarse así desde el exterior. "Aquí mi mujer y yo y en esta mi padre y mi madre", detalla a la hora de separar los dos rincones. En la esquina de la que, dice, es su habitación llama la atención una radio, algún libro y un móvil que se carga con un adaptador inalámbrico.

En los últimos minutos en los que transcurre esta situación, ha llegado hasta allí la madre del chico. Sonriente al principio e intentando averiguar en qué términos se fragua la visita de la tarde, termina sentándose en el suelo a golpear con un martillo un objeto que parecía ser, en otra vida, algún aparato electrónico. Empieza a chillar a su hijo cuando él da permiso para hacer imágenes del interior de la vivienda. Nico se ríe y pide, por favor, no hacer fotografías ni vídeos de su casa: "Ella no quiere, no le gusta". 

Mientras tanto, Andrea, que luce una trenza rubia en la nuca, no ha terminado de aclarar los pantalones. En relación al agua con el que limpia, se limita a explicar en inglés que "está bien tener baño, pero no se pueden duchar". Mira de reojo el aseo de madera colocado hace unos días por el consistorio pamplonés. Cuatro neumáticos a las puertas del mismo están cubiertos de paja y serrín hasta el límite. 

Al margen de la vida que camina a escasos metros de allí, la pareja vuelve a tomar la misma posición que hace exactamente treinta minutos. Ambos, que parecen ciertamente cansados por el esfuerzo que deben hacer para hacerse entender, recobran sus rutinas con naturalidad. Se despiden sonrientes y amables. Dan las gracias. La madre del chico, que sigue sentada en el suelo y rodeada por las faldas largas que viste, se despide entre balbuceos.

Está en su casa. Allí se ha agotado el tiempo de visita. 

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